sábado, octubre 30, 2010

El jazz de un pasado sin futuro



Julio Cortázar fue subvalorado en la medida en que la novela “Rayuela”, su mayor aporte al “Boom Latinoamericano” fue considerado la cuota única y máxima. Afortunadamente, ese no fue el caso, ya que el argentino dio señas, en sus demás escritos de la perfecta integración de la realidad con los rincones más profundos de la fantasía.


La delgada línea entre la lucidez y la autodestrucción por la cual transita durante sus últimos días de vida Johnny Parker, el saxofonista (y personaje central de la historia) de raza negra atrapado entre la bohemia parisina, se hace patente, considerando que toca piezas de jazz, un género musical conocido por ser aquel en el cual se expía el sufrimiento humano, la melancolía y los sentimientos oscuros. Publicado en 1959, “El Perseguidor” es un sentido homenaje realizado por Cortázar al genial saxofonista estadounidense Charlie Parker, uno de los mayores virtuosos del jazz en el mundo.

A Johnny no le interesa el mundo en su aspecto más superficial, que se le antoja alejado, monstruoso y poco digno de ser vivido. Debe ser por esto que su hogar es un cuarto de cuestionable higiene en Paris, vive endeudado, drogado y su instrumento, el saxofón es la única extensión valiosa de si mismo. Un verdadero virtuoso al cual lo tiene sin cuidado que la crítica lo considere genial más allá de toda duda y que su nombre y obra inspiren profundo respeto en los conocedores.

Se dice que un verdadero jazzista debe sufrir y experimentar los sentimientos más humillantes y dolorosos para poder descubrir el verdadero poder de su música e imbuirla del alma y sentimiento necesarios. Pues bien, siguiendo fiel pero inconscientemente tal premisa, Johnny, desde el punto de vista de su biógrafo, Bruno, se cae a pedazos, y aún así, no le impide ser un gran músico, a pesar de los sentimientos encontrados que transitan a toda velocidad por la mente de Johnny. Por eso mismo le odia, porque es genial a pesar de si mismo, como si fuese una mera cáscara que alberga poco más que inútilmente el ritmo que destila el músico entre sorbos de Nescafé, cigarrillos, heroína y un par de trajes y zapatos, que se suman al triste inventario de efectos personales

El músico se subestimaba fuertemente, y no era consciente del alcance de su propio talento y genio, elementos que convierten a su personaje en un elemento mucho más tangible y creíble en vista de la incansable búsqueda de un absoluto, de un “algo” mayor a si mismo y que sin embargo no existe, porque es el mismo el que debe encontrarse y conocerse, casi que con asombro infantil. ¿Puede Johnny ser un niño tonto que sabe tocar un instrumento? Tal vez, y muchos lectores no dudarían en encajarle en tal papel, pero me inclino por la posibilidad del no poder escapar a la inexorable tristeza romántica que envuelve un género como el Jazz.

El escritor argentino logra condensar de manera casi demasiado fácil, ese mundo imperceptible pero bohemio de Paris, que le acompañará a lo largo de su carrera literaria, encontrando, eso si, su cumbre con “Rayuela”. Podemos presumir que “El perseguidor” es el producto de una condensación de fragmentos de la vida de Charlie Parker (casi es una biografía) junto con la fantasía bohemia y un ambiente tanático del que solo Cortázar era capaz de revivir. A su favor hemos de mencionar cuan gráfica es esta Nouvelle, a pesar de que es transparente: no necesita explicar nada más allá de la conexión evidente entre el Jazz y las almas atormentadas. El libro no dice nada más alá de esto porque no es necesario y el lector puede entender fácilmente el mundo tanático y maravilloso que encierra a cada uno de los personajes que rodean a Johnny.

No es casualidad que Julio Cortázar haya escrito este relato tomando como pilar central el Jazz. No solo porque era este su género musical predilecto, junto con los tangos, que también expresan dolor de vivir y un fatalismo latente. Un ejemplo perfecto de este enunciado llega al recordar que como la música, el relato tambien estructura y conserva un ritmo que aunque lento y dramático, no se detiene, improvisa y llega rápidamente a su fin. El desprendimiento del que Johhny hace gala es tal, que incluso destruye, pierde o empeña cuanto saxofón aterriza en sus manos. Aquí hay un relación de amo-odio: muerde la mano que le da de comer, y es esclavo de una relación tormentosa con su amante musical, ese sentimiento no le abandona, pero le importa más que comer.

Para los ojos de Bruno, su crítico, amigo y biógrafo, Johhny es un talento increíble que tiene la extraña suerte de drogarse y ser un miserable, y aunque quisiera decir que cometer tantos errores no es excusa para tales comportamientos, lo cierto es que no puede sino maravillarse ante su ingenio y talento, eximiéndolo implícitamente de toda responsabilidad y hablando de el como un niño del que hay que cuidar como si fuese un tesoro. Ya sus amigos no le insisten en dejar de drogarse ni autodestruirse, sino que al menos le piden un poco de ¡ritmo! Para tales maniobras, y que pueda seguir dándole música al mundo.

Johnny no muere por la fama, pero tiene un altísimo concepto de si mismo y se cree superior que muchos de sus contemporáneos, se droga, bebe y fuma, pero no lo ve sino como un lubricante y una “almohada” para s mayor bienestar y comodidad. Ni siquiera tiene que oír su propia música y no se satura de ella, se conforma con el papel de genio incomprendido que maravilla a propios y extraños. Su desconocimiento del mundo (no sabe lo que es una hipoteca, pero infiere que debe ser algo terrible) se hace patente a diario, cuando el solo toma como importante vivir al día, sin pensar en el futuro n en las superficialidades que le rodean. Solo lo acompañan sus añoranzas del pasado en su país, Estados Unidos, en sus inicios, cando se sentía más cómodo (conclusión que aparece luego del relato en el Metro de París). La realidad se le escapa de las manos, de manera consciente, aun cuando nunca se sabe si la está tomando el pelo a su interlocutor. Así, viaja de Francia a EE.UU. en un instante, inadvertidamente, olvidando o botando el saxofón y simplemente atándose a si mismo, a su pasado sin futuro. Ese es Johnny. Ese es Julio Cortázar, esta es la Protorayuela, una muestra del explosivo cóctel que la máquina de escribir del argentino estaba refinando para explotar y cambiarle la cara a l literatura latinoamericana y mundial. Un grande, Un irreemplazable, aquel escritor que sublimó el arte de la letras hasta alturas insospechadas y que no necesitó de un Nóbel para trascender, que es más puro que todos los escritores modernos que se pretenden artistas. Un hombre con talento que se conoce y se sabe una ola de talento: así, no era muy distinto Cortázar a Johnny, aunque la muerte de uno supuso la vida del otro.

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