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domingo, agosto 05, 2007

Simbolismos (Homenaje a Monterroso)



Henry puso fin al gran tormento que le acomplejaba desde hacía unos años cuando su novia, la que se convertiría en su esposa, tuvo un enredo sentimental con el hombre que vestido de Barney se ganaba la vida en un canal comunitario de la localidad de Usaquén, dinosaurio que además, le quitó la oportunidad de realizar un proyecto de televisión infantil alternativo. Así que, en un arranque de ira, frente a decenas de niños en un parque, lo abaleó, esperando así encontrar su redención, pero el impacto psicológico de haber matado a alguien le produjo el consecuente desmayo.
Y cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí.

martes, junio 12, 2007

Historia de un SS


(Esta es una historia fictricia y sin sentido político alguno. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, es sólo un maldito cuento)

Con cuidado de no botar las cenizas de tabaco aromatizado en la calle, Hermann Schmidt camina con paso cancino por un anden de la Unter der Lindenstrasse en Berlín y desde donde se podía ver de cara al oriente, la Brandenburger Tör; en sus pasos se reflejan los movimientos de un hombre que lo hizo todo en su juventud y que no se arrepiente sino de lo que omitió hacer. Su físico era admirable, aún para su edad, y conservaba ciertos rasgos de lozanía que en otros tiempos lograron convertir su imagen en objeto de culto; su cabello se resistía a blanquearse, y lo único que las canas lograban hacer en esa cabellera fue hacerla pasar de un rabioso tono rubio a un par de tonos más debajo de la escala. Su porte de 1.85m no lo dejaban pasar desapercibido, aunque para sostenerlos necesitara la ocasional ayuda de un bastón, y sus ojos azules cómo el ónice resaltaban aún más tras unos delgados lentes.

Después de caminar durante un cuarto de hora bajo un despejado cielo de verano, paró un taxi y lo abordó, no sin antes botar la ceniza de tabaco a los pies de un arbusto. Al instante de arrancar, Hermann se dejó perder en las profundidades de su memoria, de un pasado lleno de gloria y fastuosidades monumentales, con una obsesión por la muerte cercana a la locura.

El taxi se detuvo en el corazón del barrio Kreuzberg, frente a un moderno edificio de apartamentos de fachada blanca en donde Schmidt ingresó, pensativo y sin darse cuenta de una extraña presencia que lo seguía y que se apresuró a tomar el ascensor junto a el. Después de un breve intercambio de saludos por cortesía y sin preámbulo alguno, el joven desconocido le espetó una pregunta a ese cansado anciano.

- ¿Usted era un SS, verdad?

El rostro del viejo adquirió rápidamente una tonalidad rojiza y un súbito temblor sacudió su piel arrugada y estriada por algo más que el estrés citadino.

- ¿Cómo se atreve a preguntarme eso?- dijo con un tono poco menos que convincente.

- Mire señor, es una pregunta extraña, pues lo deduje porque una persona de su edad, con sus rasgos físicos no pudo haber pasado desapercibida en el Tercer Reich-, dijo el muchacho, impasible, mientras presionaba el botón del quinto piso en el panel del elevador.

- Ese también es mi piso.

- Lo se, yo iba a visitarlo, pero me ha ahorrado la molestia de ver cómo cerraba la puerta en mi cara.

- ¿Quién es y que quiere?

- Me llamo Böll, Franz Böll, y quisiera saber más acerca de su pasado, y el de media Alemania.

- ¿Por qué razón?

- Llámele… curiosidad histórica.

-

Con un movimiento de cabeza, el octogenario Hermann dio a entender que no le parecía nada mal esa entrevista furtiva, por el contrario, le quebraba la rutina y se podría dar nuevamente importancia recordando una época tan importante para el, así que cuando las puertas del ascensor se abrieron, Schmidt introdujo hábilmente y sin temblores la llave en la cerradura y le dio paso al primer individuo extraño que recibía en su hogar.

Era un apartamento grande y con aroma a picadura de tabaco de vainilla, cómo los que ya no se ven en Berlín de estos días, con un ventanal magníficamente amplio, pero cubierto con persianas metálicas negras, muebles austeros y escasos en el recibidor pero que imprimían cierto aire de dignidad a la estancia. Luego del recibidor, a mano derecha se encontraba un corredor con tres puertas. La espartana decoración no delataba la personalidad de su habitante, cosa que impresionó a Böll, pues esperaba que las creencias de Schmidt se manifestaran en su espacio privado cómo una extensión de su personalidad.

En estas cavilaciones se ocupaba Böll, sin sentarse, en la puerta del recibidor, mientas que el viejo Hermann iba hasta la nevera, traía un par de cervezas y se sentaba en el sillón esperando a que su visitante se sentara, cosa que tardó un par de minutos.

- ¿Y bien?-, dijo Hermann.

- Está bien, iré al grano-, comentó el joven Franz.

- Soy todo oídos.

- ¿Por qué se convirtió en SS?

- Un hombre no se “convertía en SS” simplemente, cómo quien se pone una camisa, un hombre simplemente nacía con la predisposición y esperaba el momento adecuado para poder demostrar lo que es, y ese momento llegó en los años 30. aunque en esa época yo estaba muy niño, mis compañeros de las Hitlerjugend y yo ansiábamos ser parte de esa fuerza que se mantenía ante nosotros cómo valientes guerreros y héroes; ya estábamos hartos de los pantalones cortos y de las inofensivas actividades que ahora emulan con cierto tono homosexual los Boy Scouts, queríamos portar los uniformes negros, el casco de acero y la corbata negra junto con las botas del Wehrmacht además de todo eso, queríamos llevar un arma y poder ser admirados en público y en privado por las muchachas de la Bund Deutscher Mädel, quienes nos ignoraban cómo a simples niñitos, cambiándonos por los cadetes de la Schutz Staffel.

- ¿Cambiaron las cosas cuando lo logró?

- Para nada, lo único diferente era que la guerra casi se aproximaba, el Führer se empeñaba en incorporar la división al ejército y así equiparnos con armas decentes, de esa manera, estuve en la primera promoción de las Waffen-SS las SS armadas, que no eran las mismas que las Allgemeine-SS. De todas formas, éramos la élite de combate y fuimos duramente entrenados para merecer tal denominación, más allá de eso yo ya tenía 18 años y todas mis energías concentradas en mi día del juramento al Führer.

Mientras rememoraba aquello y el nivel de las cervezas disminuía en los recipientes una rápida sucesión de imágenes que se convertía en un recuerdo vívido, transportaba a nuestro envejecido amigo a las filas de la 12º Panzerdivision, el día en que recibió la consagración por parte del mismísimo Reichskanzler Adolf Hitler en la cuidad bávara de Munich, en el Feldherrnhalle.

Ese día se representaba no solo la entrada de nuevos elementos SS, sino el homenaje a los mártires del Partido Nazi, era una fiesta sin precedentes en el Reich y todos querían presenciarla, era el momento más trascendental de su época y a ella no solo acudía el gobierno, sino los más altos y mejor condecorados representantes de las fuerzas armadas, las mejores galas y ornamentos eran vestidos y usados para el solemne evento, en el cual los desfiles, los estandartes rojos con la cruz gamada en medio de un círculo blanco, coloridos e impresionantes, esvásticas representando el nuevo orden, en todo cuanto pudiera abarcar la mirada. Era la parada militar más increíble que imaginarse pudiera, las tropas apostadas en perfecto orden, cómo si fuesen hechas con reglas y escuadras invisibles, mientas que los efectivos que seguían llegando, lo hacían con paso de ganso, y con una coordinación perfecta, al compás de los tambores, redoblantes, dianas y otros instrumentos tocados por la banda militar apostada en una costado.

El ideario nazi y el modelo ario, con sus símbolos y runas estaban presentes en la mente de Heinrich Schmidt que en ese momento pasaba a ser SS Scharführer, un rango de cabo, vistiendo uniforme negro con remates en plata en las costuras, una camisa blanca y una corbata negra, la cabeza iba rematada por un Stahlhelm (Casco de acero), una daga a su costado, la cual tenía una inscripción en la hoja que rezaba: Mein Ehre Heiβt Treue (Mi honor es la lealtad), en el cuello sus insignias de cabo y las runas de la SS junto con el águila imperial, el símbolo oficial del Reich, cosido en el frente y el costado izquierdo de su cazadora y unas botas de cuero negras, claveteadas de caña alta del ejército, al cinto negro rematado con el escudo de su unidad, llevaba una de las pistolas de reglamento, la Luger-Parabellum P.08 y al hombro, en la posición de homenaje a los compañeros caídos, su fusil, un Mauser K98 que era coronado por su respectiva bayoneta calada con sumo cuidado por el mismo. Sentía con toda razón la virilidad de compartir con sus compañeros de armas la expectativa que precede al triunfo glorioso.

En la noche, después de haber ofrendado flores en las tumbas de los dieciséis héroes nazis, construidas cómo un altar y haber recordado sus nombres homenajeándoles con cañonazos, cantaban Ich Hatt’ Einen Kameraden a todo pulmón, cómo una forma de demostrar su dolor y alegría en la lucha de una causa por la que creían que valía la pena morir.

Luego de eso, Hitler, con los estandartes ensangrentados de los mártires, se acercaba a ellos, uncía los estandartes nuevos con las reliquias y les tomaba el juramento de la lealtad a los efectivos de las SS en esa noche fría pero iluminada por las estrellas y las hogueras a manera de los bárbaros germanos que contribuían enormemente a darle un ambiente misterioso y trascendental al gran culto. Después de un momento borroso en su visión, todo quedó en silencio y revestido por un pesado velo.

No había nadie allí, ni siquiera el más leve rastro del tal Franz Böll o siquiera de su existencia; lo que si había era un ambiente frío de repente, una botella vacía de cerveza Warsteiner y otra completamente llena pero destapada y un anciano sentado de ojos cerrados pacíficamente y piel fría que entre las brumas de sus visiones había ido a parar para siempre a su lugar en el Valhalla que, cómo soldado, le estaba legado.

miércoles, abril 11, 2007

Dementia en clase


Sigo sentado. Ya no recuerdo en qué instante llegué hasta aquí, mierda, si tan solo pudiera comerme esa chocolatina de la forma más insolente, enfrente de ese tedioso auditorio y mostrarles mi orgasmo sensorial. Lo bueno es que habla de ética, algo que, contrario al resto de mis vicios necesito y no tengo, aunque sé que no la quiero y el mundo no sucumbirá si no me entero de ella.

Soy el único; el resto de mis compañeros parecen rumiar exitosamente el pseudodiscurso que no se dónde llegará. El monólogo va montado sobre el trillado lomo de la responsablidad. ¿Y a mi qué me importa? soy lo suficientemente responsable cómo para no dejarme morir, pero no para las trivialidades que debo escuchar y sufrir todos los días, cómo si madrugar y sentirme vivo no fuera suficiente tortura. Risas pendejas... ¡se ríen por ni mierda! ¡De esta porquería!

Menos mal que sé le está acabando el tiempo a este pobre tipo, hasta lo compadezco, patético, con un saco que estoy seguro, es prestado; y sus mangas, desproporcionadamente anchas. Ya me lo imagino siendo llevado y traído sin la menor resistencia por un par de enfermeros calvos, de uniforme blanco impecable, por los pasillos del campus...

jueves, marzo 22, 2007

Una solución antihigiénica


Para aquellos días en los que las manzanas se antojan arenosas y agrias al paladar.


La sangre corría libremente por su contorno, cubriendo de carmesí su piel con su húmedo abrazo. Ella sólo atinaba a observar sin quejido alguno el frío metal del cuchillo de caza y cómo éste desaparecía dentro de su vientre, justo en el lugar más doloroso, la franja limítrofe entre la ombliguera raída y la cintura del jean barato de San Victorino.

Adolfo, por su parte no salía de su estupefacción, por fín lo había hecho, despues de rumiar esta sencilla acción un año tras otro; estaba todo consumado. Encendió un cigarrillo y se dedicó a observar cómo ella se alejaba.

Su cuerpo seguía allí, bajo volutas de humo que olían a ginebra. Fué al baño y cagó, en su mente seguía escuchándola. Su madre, en calzoncillos de su papá apareció masticando un salchichón. Le preguntó quien era la muerta en la sala. Él, mientras pujaba y sin haber cerrado la puerta del baño le respondió con un "No le importa".

Entró el cadáver al baño y con el mismo cuchillo y un machete que encontró detrás de la cisterna la fué picando y jalando de la cadena se libraba de las pruebas que podían inculparlo. Cuando iba por la cintura dejando un olor apestoso en las baldosas blancas del baño, el retrete se tapó; las heces y los pedacitos del cuerpo rebosaron y expulsaron todo el hedor sobre el medio cadáver y sus pies.

Era extraño porque sin saber de donde salían cantidades absurdas de agua que inundaban el baño mientras el hedor y la suciedad escapaban por debajo de la puerta. Dos golpes. -¡Hijueputa! ¿Para qué me tapa el baño?- gritó su esposa.

domingo, octubre 29, 2006

Una máquina de escribir a la luz de la luna llena

La luna se cierne sobre mi envejecida y abandonada humanidad con un baño de luz que a estas alturas de la vida no se si me parece lo suficientemente saludable, sin embargo, debo de haber sufrido un ataque de demencia senil o esas cosas que les dan a los que desafortunadamente llegan a mi edad sin haber tenido la cobarde valentía de disponer la fecha final bien sea con una cápsula de cianuro o con un arma de fuego, tal como Hemingway lo hiciera sin recato alguno. Si, debo de estar senil por andar sacando este portátil tan solo por el placer de escribir estas tonterías a la vista de Selene.

El único que no le restó importancia por haber llegado a este mundo en el mes negro fui yo, convencido en mi poca sana juventud de mi poco menos que miserable destino: no sería un escritor, no sería un artista, y estaba inseguro de lo que me deparaba en este planeta. “Naciste para grandes cosas”, repetían sin cesar los que me conocían, y yo, como siempre, escéptico no me cansaba de decir que no llegaría sino hasta donde el cerebro me diera. Para muchos, lo había logrado, había superado las expectativas, pero eso no me importó mucho… al fin y al cabo, ¿En que me haría diferente? Por eso, desde donde puedo recordar, me veo a mi mismo huyendo de los demás, de esos grupitos de mas de 3 personas que me hacían sentir excepcionalmente miserable y que lo siguieron haciendo hasta bien entrada mi adolescencia, que fuese marcada por una deliciosa tendencia a ser un asocial comedor compulsivo…

Nunca pensaría que de todas formas, tuve todo lo que materialmente pude desear, tanto así, que no contento con forrarme en plata de orígenes non sanctos, decidí gastarla en los placeres bacanales ante la clarísima inexistencia de un dos con el cual redimirme. Ni falta que hiciera, para eso me ayudaron las mujeres, a redimirme por medio de sus encantos, de los cuales siempre ha sido un prisionero.

Del amor, sin embargo, diré poco, pues solo lo he visto una vez, durante 5 años de corrido compartidos con la mujer de mi vida, la única que, me ha hecho sentir eso que el idiota llama felicidad: sin sexo y sin grandes ataduras, me envolvió de tal manera que logre retenerla hasta el que será el fin de mis días, si no es en esta casa mohosa, entonces será en un accidente de tráfico o cagando el hígado, así como Bukowski. A cambo solo pide una fidelidad que no es ciega, ya que en los entretiempos de nuestra intimidad, me follaba a cuanta fémina estuviese presta a dejarme caer entre sus piernas de ángel y poder irme con la conciencia tranquila y unos gramos menos de peso hasta mi casa.

Creo que, contradiciendo todos los cánones de la posmodernidad cibernética que me aplasta por completo, es más cómodo estar al frente de una máquina de escribir, durante la medianoche, desafiando el inclemente frío y admirando la luna como un pendejo, o como aquel ratón que no dejaba de mirarla y soñar con ella, pensando que era de queso. Para mí siempre será de plata.

No debería estar escribiendo esto, sabiendo que será una suerte inmerecida si llegara a haber otros pares de pupilas, que atentas o por obligación recorren los contornos de mis inermes pensamientos como si fuesen la silueta de una mujer desnuda en la playa de San Luis a las tres de la tarde; de todas maneras pondré en este escrito mis inconfesables delitos, sin importar lo que pase ya; además se mis incontables adulterios, fui un alcohólico tardío y un mal padre, a diferencia de los míos, que fueron, sin lugar a dudas, parte importante de los pocos tesoros que no he derrochado en mi vida; conductor temerario, soy curable indirecto de un millar de accidentes, todo por satisfacer mi egoísmo, nacido a su vez, del amor que le dispensaron al primer hijo de mi madre.

Estoy solo, si, pero en una soledad que los demás juzgarían como todo lo contrario, aun así he sentido la cómoda rasquiña de la conformidad, pues dejé de buscar mas compañía que la de una mujer cuando me di cuenta de que mis amigos se iban muriendo por pendejos o me abandonaban, uno tras otro y yo, al calor de los libros que maliciosamente acumulé durante lustros sin que me importara un carajo lo que pasara.

Bastante lejos veo los días en que nací, esos dementes años 80, que pasaron sin pena ni gloria para mí, tal como si fuese una Italia ’90 que jamás vi. En mi niñez, los carros fueron mi refugio y de ahí no salí ya jamás. Como periodista, lo poco que he hecho es mantener un blog que con el paso del tiempo se había convertido en un gigantesco ente independiente que, sin embargo, amenaza con tragarse al centenario “El Tiempo” diario de gamonales. Solo por eso, he tenido que esquivar mas balas de las que hubiera podido recibir en Irak de la primera década del siglo XXI.

Si he tomado malas decisiones… como la de casarme por amor y lo que es peor, por la iglesia, a la cual renuncié y golpeé de tal manera como no lo fuese golpeada la doctrina nazi que admiré en mi juventud por su estricto y atrayente código. Malas decisiones, como la de vivir únicamente de esta máquina de escribir con cable llamada computador o la de seguir corriendo, ganando carreras, destrozando autos y rompiéndome huesos hasta hace muy poco tiempo; solo se que de repetir la experiencia de esta vida, la volvería a vivir con muy pocos cambios, pero el resto incólume.

Ya la luna se está desapareciendo de mi vista, y un intenso frío me recorre, dejaré de escribir, pues siento el cuerpo pesado. Espero volver a ver otro monótono día y que mis miedos no se estén haciendo realidad.

miércoles, julio 05, 2006

Fragmento del capítulo 1 de "Confesiones de una máscara", de Yukio mishima

Nací dos años después del Gran Terremoto. Diez años antes, a consecuencia del un escándalo que se produjo cuando mi abuelo desempeñaba el cargo de gobernador colonial, éste, asumiendo la responsablidad de los actos culpables cometidos por uno de sus subordinados, dimitió. (Conste que no he empleado eufemismos, ya que, hasta el momento presente, jamás he visto una confianza tan insensata en los seres humanos como la de mi abuelo.) A partir de entonces, mi familia experimentó una veloz decadencia, y en su carrera cuesta abajo se comportó con tal tranquilidad que casi puede decirse que tarareaba alegremente mientras más y más se hundía, mientras contraía formidables deudas, mientras cerraba sus casas, vendía las fincas... Y luego, cuando las dificultades financieras llegaron a su punto máximo, mi familia se entregó a una morbosa vanidad que ardía en llamas más y más altas, como si un perverso impulso las alimentara.

domingo, junio 18, 2006

FUEGO CRUZADO - Cuento

Se levantó con un guayabo muy fuerte que hizo que su cabeza se sintiera estallar.
- No debí ponerme de valiente a tomar esas cervezas, estoy vuelto mierda-. Con la mano derecha mató al despertador que, de manera cruel, le recordaba del trabajo que le encargó el capitán Rico a realizar temprano en la mañana. -Esa vaina de vivir solo es buena hasta que se acuerda uno que hay que planchar y lavar-, pensó, igual, el capitán le caía muy mal, pero que se le iba a hacer, su empleo estaba en juego.

Se levantó como si tratara de demorar lo inminente, miró la enorme carpeta llena de papeles que parecía pedir clemencia ya que resultaba demasiado pequeña para contener tantos papeles. Se bañó rápido, pero se le olvidó afeitarse y parecía trasnochado. Decidió ponerse el uniforme para verse un poco mejor, tomó su Beretta 9mm, la revisó y se la enfundó en la cartuchera de cuero. -Este día esta muy bueno, lastima ir a perderme otra vez en los pasillos-, dijo. Tomó una buseta casi sin mirar la tablilla de la ruta, la costumbre lo obligaba. Los diálogos de los pasajeros le parecían banales hasta que llegó a ese edificio anónimo del que nadie sospecharía nada.

- ¡Teniente Aguilar!-, dijo la recepcionista del edificio, -¿No se acordaba que hoy tocaba vestirse de civil?
- No… ni idea…
- Bueno, fresco, váyase a los lockers y aproveche que usted siempre deja un vestido.
- … Ah, gracias Maritza.
- De nada teniente, y siga donde el capitán que estaba preguntando por usted.
- Carajo, gracias. Se alejó, fue a cambiarse y se puso un brazalete negro que decía “F2”.

-Aguilar, buenos días. El capitán Rico lo saludó, sin levantar la mirada del folio que leía.
- Diga, mi capitán…
- Vea, hermano, ya sabe lo que tiene que hacer así que váyase rapidito y llévese uno de los carros… Al decir esto, le lanzó una llave de automovil.
- Si mi capitán, ya mismo.

Cuando se fue, le pareció ver algo raro sobre el escritorio, pero no le puso cuidado y se fue. Al otro lado de la calle, en un pequeño edificio, unos hombres vestidos de camuflado se pusieron nerviosos, mientras escuchaban un dialogo breve, después, uno de ellos, llamó por teléfono y dijo:
-Confirmado, todo listo, vamos a ver si encontramos a ese marica-, colgó y todos se alistaron para salir.

Aguilar bajó al garaje y abordó un triste Renault 9 blanco y negro de la Policía, pensando en donde era que quedaba el parqueadero de su destino. Por el radioteléfono, el despacho daba los más variados reportes en código:
- … Erre tres con el veinticinco, en el Centro Nariño, un cinco cuarenta y dos con armas en la ruta de Germania…
Eso lo ponía nervioso, así que le bajó el volumen, nunca se pudo acostumbrar a ese sonido de cambio de frecuencia del radio, ese chillido que le ponía los pelos de punta.

Mientras tanto, en una finca grandísima del Magdalena Medio, un hombre corpulento dejó caer el teléfono, asombrado por el coraje del Estado.
- Esos hijueputas creen que nos van a joder, ¡¡Chumbimba!! Venga para acá. Se acercó un tipo flaco.
- Mande, patrón, vea mijo, háblese con los del eme y dígales que es hora de cobrarles un favor, ¿ellos ya saben?
- Si patrón, dijo el hombrecito mientras se rascaba una nalga con parsimonia.
- Bueno, entonces, póngase en esas, dígales que lo que quiero son esos papeles, no mas, y que sean muy discretos, ¿si?,
- Si señor, hágale, aprovechemos que el Presidente les mamó gallo, pero ya oyó, ¿no? Discreción, no vaya y sea que nos la monten a nosotros después y se arme un problema el berraco.
Chumbimba salió con la misma parsimonia con la que entró, cogió un radioteléfono y dijo:
- Pilas, camaradas, háganle a lo que acordamos hoy mismo porque el patrón necesita una mano, ¿me copian?
- ... Erre, erre, listo, va pa’ esa, cambio y fuera. Y se cortó la comunicación.

El centro, como siempre, estaba despertando con una lenta llegada de los oficinistas que iba a dispersarse por el panorama como el agua desaparece en una esponja. Las palomas no perdían la oportunidad de cagarse en la estatua de Bolívar, y se empezó a llenar la plaza de gente. Aguilar llegó a marcha lenta, por cortesía del trancón mañanero y se dirigió, sin darse cuanta, a la imponente edificación de placas en piedra caliza. Le dijo al celador del parqueadero que venia a ver a un magistrado para entregarle unos documentos importantes; el celador, indiferente, lo dejó pasar sin preguntar nada. El parqueadero estaba inusualmente lleno, así que le costó algo de trabajo conseguir un espacio.

Ya estaba cerrando el carro y se dirigía al ascensor, cuando, súbitamente, llegaron dos camiones de estacas y entraron a la fuerza, rompiendo la barra con la velocidad que llevaban, el teniente estaba como atontado, y no podía asimilar lo que pasaba, de hecho, pensó que era un accidente, aunque poco común. No pudo sino mirar como se bajaba de los camiones un grupo de asalto con fusiles de asalto Kalashnikhov AK-47 y mató a los pocos celadores que custodiaban la entrada. No les tomó mucho tiempo reconocer a su objetivo: el teniente Aguilar, así que le dijeron que soltara esa carpeta y dispararon contra el, errándole por muy poco, este a su vez, sacó rápidamente su arma y empezó a disparar mientras subía al ascensor. Pensó en avisar a sus compañeros, pero se acordó que había dejado el radioteléfono en el carro, así que cuando llegó al lobby avisó a los celadores que quedaban. Con el fólder en la mano, se dirigió a la sala penal, pero lo traicionaron los nervios cuando escuchó al comando invasor que lo llamaba por su nombre mientras los disparos seguían; así se perdió, y apunto de perder la cordura, se metió al primer cuarto que encontró, tomó un teléfono y llamó por la línea directa que solo el sabia al capitán Rico, el único que se le ocurrió lo podía ayudar.

- ¿Aló? ¿Capitán?, si, con el teniente Aguilar, vea… no… no, no tengo tiempo, le informo que nos sapearon, me están buscando, y se tomaron el Palacio hartos guerrillos, mándese gente para aquí por favor, yo mientras tanto voy a entregar el paquete…

En ese momento se cortó la llamada, pero por fin se ubicó dentro del Palacio, todo lo que tenía que hacer era llegar al cuarto piso y defender la posición hasta que lo ayudaran. Un celador que se escondió cuanta que vio al teniente salir del pasillo sur en el primer piso, disparar unas quince veces en medio de la humareda de las ametralladoras y abatir un par de guerrilleros y salir corriendo hacia las escaleras cargando el arma de nuevo. Fue la ultima persona que lo vio, de el nada se sabe. El resto es historia patria en su página mas negra, tan negra fue, que no hay certeza de nada aún después de veinte años.